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lunes, 7 de mayo de 2018

Estados alterados II

Resumiendo un poco lo que expliqué en la intro de la primera parte, entre las numerosas posibilidades que brinda Facebook está la de escribir en un recuadro lo que nos está pasando, estamos sintiendo o tenemos ganas de divulgar en ese momento. O sea, lo que se conoce popularmente como “estado”. En base a esas curiosas exteriorizaciones, me atreví a realizar una breve clasificación de algunos de los personajes que frecuentan y animan la famosa red social. Aquí va la segunda y -por ahora- última parte.
 
EL SOLIDARIO
Este sujeto hace saber a todos que está comprometido con alguna causa, lo sensibiliza alguna catástrofe o lo indigna algún ataque terrorista. Sus frases de apoyo favoritas son “fuerza ‘tal cosa’” o “todos somos ‘tal otra’”, reforzando la imagen de perfil con un crespón negro o una banderita del país damnificado (si es del Primer Mundo, mejor). A veces no es el muro de facebook y ante escasas 50 o 60 personas el lugar más efectivo y útil para hacerlo, pero de todas maneras lo deja con la conciencia tranquila. A desempetrolar pingüinos o llevarle ropa y comida a los inundados que vaya otro, qué tanto.
 
EL NECROLÓGICO
Famoso o celebridad que muere, ahí aparece este personaje manifestando su dolor. Tal vez ni lo conocía, pero lo hace para demostrar que está enterado y porque queda bien. Sus frases de cabecera son “adiós ‘fulano’, vamos a extrañar tu música”, “hasta siempre ‘mengano’, vamos a echar de menos tu arte” o a lo que corno se dedicara esa figura que nos dejó. En otros casos suele ser más gráfico pero no menos reiterativo. Si el finado era guitarrista, va a escribir el clásico “ahora debés estar en el cielo zapando con Hendrix”. Si se dedicaba al humor, posteará “estoy seguro de que ya estás cagándote de risa con el Negro Olmedo”. Aún no está científicamente probado el diálogo con los difuntos, de todas maneras, no estaría mal avisarle que allá por donde vive San Pedro no son de entrar mucho a Facebook.
 
EL PAPI BABOSO
Otro personaje que gusta de la narración en segunda persona del singular, aunque en este caso, el destinatario de sus declaraciones de amor es su bebé de 1, 2 o 3 años que no sabe leer ni menos entrar a Facebook. “Feliz primer añito. Sos lo mejor que me pasó en la vida. Te amo con toda el alma”, suele aparecer en el muro de este papá -o mamá- sensible. Pensándolo bien, quizás sea un emotivo legado a futuro para cuando el crío se convierta en adulto. Así como algunos dejan mensajes en una botella o guardan cartitas en un cofre cerrado bajo siete llaves, este sujeto utiliza directamente el soporte digital. La famosa “nube”, como quien dice. Los tiempos cambian. No es mala idea.
 
EL RUNNER
Algunos deportistas suelen postear sus victorias en el tenis, sus goles en el fútbol o sus cumbres en la montaña, pero si hay una estrella que brilla en el firmamento de las redes sociales es el runner. De acá a la China. Te mantiene informado de todo, tanto de sus duros entrenamientos como de sus competencias oficiales. “¡¡Llegué a los 10K!!”, escribe uno entusiasmado. “¡¡Hoy corrí 21K y vamos por más!!”, postea otro incluyendo el mapa del recorrido, el tiempo, las calorías que consumió y la foto de la medallita. Su empresa adquiere ribetes heroicos si logró completar esta distancia bajo la lluvia, o frívolos y glamorosos si justo le tocó cruzar la meta junto a algún nabo de la farándula local. Consejo: si pertenecés a este nutrido grupo, ni se te ocurra anunciar una merma en tu rendimiento por culpa del reuma o de los juanetes. El cartel de looser no te lo saca nadie.
 
EL SALUDADOR
Con un poco de poético y sensiblero, y otro poco de previsible y chupamedias, este sujeto postea religiosamente en cada una de las fechas especiales, léase día del padre, de la madre, del niño, de los enamorados, de la mujer, del animal o lo que corno fuera. No se le escapa una. Sus frases preferidas son “feliz día para todas las madres, en especial para la que me trajo a este mundo”, si se trata del tercer domingo de octubre; “Admiro profundamente tu lucha (etiqueta a la esposa) y la de todas aquellas mujeres que, día a día, nos dan ejemplos de vida”, si es el día internacional de la mujer; o “felicidades para todos los locos bajitos y para aquellos que llevamos un niño en el corazón”, si se festeja el día de los purretes (en este último caso, generalmente el saludo va acompañado por una foto de perfil temporal del fulano en versión kid).
 
EL POLITIZADO
Cansado de mandar cartas al correo de lectores de los diarios y que no se las publiquen, este individuo prefiere pasar a la acción a través de su muro de Facebook. Sabe que lo va a leer menos público, pero puede escribir todos los días, lo que se le antoje y con absoluta impunidad. Sin darse cuenta, esta cruza entre piquetero y Doña Rosa es el que fomenta la tan mentada “grieta” que dice querer combatir. Con total desinformación, a los cinco minutos de producido un suceso político grave sale a cargar las culpas sobre los del bando opositor a él. Insulta y descalifica al que vota o piensa distinto y, sin objetividad alguna, se trenza en acaloradas discusiones con gente que ni conoce. Ignoralo si no querés ser acusado livianamente de “globoludo”, “choripanero”, “xenófobo”, “feminazi”, “kuka” o “adorador de Videla”.
 
EL INDIGNADO
Está que trina por algún servicio deficiente y necesita hacer catarsis. Pueden ser insultos al plomero por un caño mal soldado, o maldiciones al carnicero porque al morder la tira de asado se le vino abajo el comedor. Me parece bárbaro, hay que largar todo.
 
EL EDITORIALISTA
Esta versión educada del politizado encuentra inspiración cada vez que la opinión pública es sacudida por un hecho resonante o alguna crisis de orden político o social. No falla. Encadena reflexiones profundas y kilométricas porque cree que seriedad y extensión son sinónimos de genialidad. Sintaxis y ortografía al margen, arranca su monólogo casero con títulos del estilo “Carta abierta a la clase media” o “Yo no voté a Macri”, y continúa con clichés como “mis hijos merecen vivir en un país normal”, “no quiero otro 2001”, “la plata me la gané trabajando honradamente”, “no labura el que no quiere”, “este país no avanza sin educación” o “no todos los pobres son chorros”, entre cientos y cientos más. Su inalcanzable anhelo de participar como columnista en Clarín, La Nación o Página 12, es alentado silenciosamente por aquellos contactos que, tras leer el texto, colocan la frasecita mágica “Qué bueno lo que escribiste. Lo comparto”.
 
EL GEOLOCALIZADO
A no ser que se trate de un bombero o un obstetra muy requerido y prestigioso, no se entiende la manía de este sujeto por señalar permanentemente su lugar de ubicación. En realidad se comprende, je: nunca va a etiquetarse en ese bolichito pobretón del Conurbano; siempre va a aparecer comiendo en alguna hamburguesería palermitana de nombre extranjero, rascándose el higo en un spa de Pilar o reventando la tarjeta en algún mall de Miami.
 
EL BÁSICO
Es asiduo comentarista de posteos ajenos. Y con asombrosa religiosidad. Sin ningún brillo, realiza aportes obvios e intrascendentes como “mejorate pronto”, al que se engripó; “disfrutá mucho”, al que salió de vacaciones; “mandá un poco de calor”, al que viajó a Europa en el invierno nuestro; “qué gran verdad”, al que escribió algún proverbio budista; “qué genio”, al que se mandó los 10K; “¡¡¡diosa!!!”, a la que renovó su foto de perfil; “ja, ja, ja”, al que subió una meme; “qué horror”, al que posteó sobre alguna tragedia; “el tiempo cura todo”, al que sufrió un desengaño amoroso; “sin palabras...”, al que se refirió a un escándalo de corrupción; y así con cada uno de los personajes que pululan en su mundillo virtual.
 
EL ANGLOPARLANTE
Este angelito de Dios es más criollo que el mate y el dulce de leche, sin embargo, una voz interior le dice que queda mejor expresarse en el idioma de Shakespeare. Para algo se quemó las pestañas estudiando. De todas formas, poco le importa que la mayoría de sus contactos no entiendan un comino lo que quiso decir. El objetivo es hacerles creer que se trata de una frase trascendental e inteligente. Con perdón de la expresión, este sujeto se merece un efectivo y estentóreo “go to cagar”.

domingo, 29 de abril de 2018

Estados alterados I

El post sobre los usuarios de Facebook fue publicado originalmente en este blog allá por marzo de 2010, cuando esta red social tenía apenas un par de años de existencia. Desde aquel entonces ha pasado mucha agua -y muchos personajes- bajo el puente. Tantos que, al igual que el post de los casamientos, decidí corregir, aumentar y actualizar los textos. Aquí va la primera parte.
 
Como todo el mundo sabe, la famosa red social Facebook tiene varias e interesantes aplicaciones. Permite encontrarnos con amigos o con gente que no vemos hace mucho tiempo, permite mostrar nuestras fotos, ver las de nuestros amigos, comentarlas, subir la música que nos gusta, difundir causas nobles, o simplemente comunicarnos por mensajes privados. Y también nos da la opción de publicar una frase que sintetice lo que estamos haciendo, nos está pasando o estamos sintiendo en ese momento. El famoso “estado”, que le dicen. Dicho texto aparecerá en un lugar destacado de nuestro perfil, y también en las “noticias” de la página de inicio. Por supuesto, lo pueden leer y comentar todos aquellos que sean nuestros contactos, o miles de personas si decidimos que nuestro perfil sea público y visible para todo el mundo.
Después de estar casi una década conviviendo en esta red social, he visto pasar infinidad de frases, confesiones, anuncios y reclamos. Graciosos, originales, útiles, conmovedores, solidarios, y otros cuya finalidad aún no alcanzo a comprender muy bien. En base a estos últimos -y a la manera de escribirlos-, me he tomado el atrevimiento de hacer una breve clasificación de algunos de los usuarios que habitan la red creada por don Zuckerberg.
 
EL INFORMATIVO
Sin temor a errarle, creo que este entrañable personaje conforma una de las comunidades más numerosas de Facebook. Lleva una especie de diario íntimo pero público. Va contando todo lo que hizo durante el día o está por hacer. Necesita compartir sus devenires con todo el mundo, así sea el estado gripal de alguno de sus críos, el paso a un nivel superior del Candy Crush, el asadito que hizo en la terraza o el tobillo que se acaba de esguinzar por bajar apurado del bondi. El informativo cuenta con un aliado de fierro: la foto. A través de ella puede alardear de la calidad -y cantidad- del vacío y los chorizos que tiró a la parrilla, o hacer un primer plano de su pie hinchado. Su modo de verbo preferido es el gerundio: “desayunando en Puerto Madero”, “entrando al cine con mis sobris”... No estaría mal que promediando diciembre revise lo publicado y saque un suplemento especial con los mejores y peores momentos del año.
 
EL INFORMATIVO IMPRUDENTE
Versión ostentosa y temeraria del anterior. Este fulano es el que anuncia con bombos y platillos que se está por ir un finde a la Costa, una semana a Brasil o un mes a Europa. Su manía irrefrenable de revelar sus próximos destinos turísticos despierta sentimientos ambiguos: sus amigos lo envidian porque no pueden darse los mismos lujos, y los ladrones de casas lo aman porque saben que dentro de ese período pueden entrar a afanar tranquilos.
 
EL CLIMÁTICO
No pongas TN, Crónica o la TV Pública para saber el estado del tiempo y la temperatura, directamente entrá al perfil de este personaje. Te lo resume en dos palabras. Integrante también de un clan numeroso, su estado de ánimo está sujeto a las condiciones meteorológicas. Así como el sol primaveral le inyecta optimismo, los densos nubarrones lo hunden en una curiosa depresión. Para el segundo caso, tratá de contenerlo con frases como “al mal tiempo, buena cara” o “siempre que llovió, paró”. Tenés unos cuantos “me gusta” asegurados. El de él, por supuesto, y el de varios paparulos que comparten su bajón.
 
EL CRONOLÓGICO
Es pariente cercano del “climático”, aunque su energía y humor cotidianos no van sujetos al estado del tiempo sino al momento de la semana que están transitando. Su optimismo va creciendo de lunes a viernes, y alcanza su clímax en vísperas de sábado o domingo. Ni hablar si se avecina un feriado largo. Sus posteos preferidos suelen ser “lunes, cómo te odioooo” (otra manía, hablarle a los días), “hoy es miércoles, ¡falta menos!” o “¡¡¡viernesss... se viene el findeeee!!!”. Consejo: aprovechalo si es que andás medio perdido con los días. Te puede salvar frente al vencimiento de alguna cuota o de algún plazo fijo.
 
EL EXAGERADO
No llama tanto la atención lo que escribe sino cómo. A no ser que este sujeto tenga algún falso contacto en el teclado, solamente un gabinete psicológico podría explicar su compulsión por colocar más de veinte signos de admiración en cada frase o repetir indefinidamente alguna letra. Aunque, hilando más profundo, este uso abusivo de los caracteres puede obedecer también a una tercera causa: el día que en la clase de lengua enseñaron que los puntos suspensivos eran nada más que tres, seguramente faltó o se hizo la rata.
 
EL ILEGIBLE
Tampoco está en tela de juicio lo que postea, aunque, a diferencia del anterior, este espécimen directamente no debe haber cursado lengua castellana en su reputa vida. Sus oraciones se interpretan de mil maneras distintas a causa de las palabras mal escritas, los horrores de sintaxis y la ausencia de acentos y signos de puntuación. Sin ponerse colorado, confunde “ahí” con “hay”, “haber” con “a ver” y “allá” con “halla”. De todas maneras, la cosa se vuelve más grave aún si lo que tiene para decir es largo: leer un párrafo completo de este sujeto es más agotador que trámite municipal. Los únicos puntos que conoce son los que le aplicaron tras ser operado de apéndice.
 
EL ENIGMÁTICO
Es fanático de las indirectas, las frases crípticas e inconclusas, los fragmentos de canciones y los pases de factura a personas cuya identidad conoce sólo él. Apela al misterio para que los amigos confidentes pregunten qué le pasa y el resto de la gilada se haga la película. Por supuesto, esa situación que lo enfurece y atormenta se irá develando a cuentagotas en los diálogos de abajo cual chisme de Intrusos. O no. Tal vez haga oídos sordos a tu intriga tirándote el clásico “dejá, yo me entiendo...”. Lo peor que le puede pasar es que nadie aporte un mísero comentario, ni quiera inmiscuirse en su vida privada (que de privada tiene poco y nada). Explota por dentro.
 
EL SENSIBLE
Su misión es predicar con frases sabias, profundas y reflexivas, generalmente choreadas de algún señalador o sobrecito de azúcar. Actúa como un verdadero gurú digital, al que todos sus amigos consultan. Miralo desde el lado positivo: si no existiera este personaje tendrías que comprarte un libro de Coelho o Bucay. Y los libros están medio saladitos, últimamente. Agarrá viaje.
 
EL ROMÁNTICO
Es un abanderado de las cuestiones sentimentales y de pareja. Vive enamorado, y cuando no lo está, se muere por estarlo. En este último caso, sus frases actúan como señuelos para que piquen los miembros del sexo opuesto que transitan la misma situación desgraciada que él. Actúan como levante, bah, eso es lo que quise decir.
 
EL NACIONALISTA
Aparece en cada fecha patria o cada logro del país en la actividad que sea. Da lo mismo fútbol, hockey, pesas, cine o el campeonato intercontinental de raya al medio. Con sus eufóricos posteos -donde ametralla con vocales y signos de admiración- busca sumar adeptos para revalidar su fanatismo celeste y blanco. Preparate para soportarlo durante los Juegos Olímpicos, Mundiales o Premios Oscar, si en esa edición en curso compite alguna peli argenta. Después no me digas que no te lo advertí.
 
EL BARRABRAVA
No hace falta presentar a este delicado espécimen. Es fanático hasta la médula y su objetividad es del tamaño de una cabeza de alfiler. Si su equipo plantea un esquema de juego defensivo, posteará que es una genial estrategia del DT; si eso mismo hace el rival, lo acusará de “equipo chico” o de “putos de la B”. Amante de las teorías conspirativas, sea cual fuere el club de sus preferencias, cree ciegamente que en la AFA están complotados para hacerlos desaparecer. Aunque si vamos a hilar fino, este pretendido hincha se muestra poco serio cuando aparece gritando los goles en su muro. Su sueño es participar en programas como “Tribuna Caliente” o agarrarse a piñas con Horacio Pagani en algún ciclo de TyC Sports.


Continuará...
 

jueves, 19 de abril de 2018

¡Que vivan los novios!

Desde la creación de este blog, allá por abril de 2006, he publicado ya infinidad de posts con graciosas descripciones de conductas, costumbres y personajes. Entre ellos han desfilado el de los ventajeros, los sabelotodo, los contreras, los fotógrafos compulsivos y muchos más. Con el propósito de recopilarlos en un libro, durante algunos meses me dediqué a reescribir gran parte de dichos textos. En determinados casos sólo realicé actualizaciones, adaptaciones o correcciones de sintaxis, y en otros pude explayarme un poco más sobre cada tema, quedando los escritos originales sensiblemente modificados. Uno de estos últimos fue el post con el que inauguré este espacio: el de los casamientos.
Aquí va, entonces, su merecido revival.

A esta altura de mi vida se podría decir que odio las fiestas de casamiento. Así como lo digo. Durante esas largas horas de jolgorio ajeno me siento sometido, manipulado, aburrido, cargoseado, aturdido, encerrado... En definitiva, la paso como el reverendo orto, por decirlo de alguna manera elegante.
Los días previos a un casorio ya me deprimen. Y no lo digo con orgullo, ya que posiblemente esté frente a un problema serio y profundo. Tal vez tenga como destino inexorable el diván de algún psicólogo o, en el más complejo de los casos, deba someterme a una terapia de vidas pasadas o algo similar. No descarto nada. Admito esta fobia social, y hasta llega a preocuparme. Pero mientras tanto tengo mis razones.
 
¿Por dónde empiezo? A ver... No me gusta bailar, y, lamentablemente, todo casamiento que se precie está armado en función a la pachanga. No hay forma de zafar. Te sirven el plato frío, y cuando estás por mandar el último bocado de pavita a la boca... ¡el vals! Te traen la comida principal, y cuando masticaste la última papita noisette... ¡¡salsa!! Te sirven el postre, y justo cuando te estás por clavar el último pedazo de lemon pie o de isla flotante... ¡¡¡carnaval carioca!!! Ni que el turro del DJ te estuviera espiando con un drone justo arriba de tu mesa.
Y es ley no escrita que con el primer acorde debe suspenderse todo lo que estás haciendo. A la pista, es la orden. Comer. Bailar. Comer. Bailar. Y así indefinidamente hasta que se agote el menú o el extenso repertorio del pinchadiscos. Y ambos son de largo aliento.
 
Dije más arriba que detesto bailar. Me corrijo, no me gusta bailar la música que no me gusta. Y generalmente es la que pasan en los casamientos. Latinaje berreta, para ser más exacto. “¡Es música para joder, boludo! ¿Qué querés que te pasen? ¿King Crimson? ¿Free Jazz?”, me retan enérgicamente en medio del batifondo cuando les doy este argumento. "... y ojo, te aclaro que a mí tampoco me gusta, ¿eh?; jamás me compraría un CD de estos tipos. Pero para pachanguear está buena", agregan justificándose y moviendo los bracitos para simular ritmo. Y perdónenme que los contradiga, pero esta explicación hipócrita no la acepto bajo ningún punto de vista. Para mí la cuestión es muy simple: ¿la bailás? entonces TE GUSTA. Si determinada música te induce a mover el cuerpo, es que algo te provoca, algo sentís. No hay otra, macho. Sincerate. Salí de una puta vez del closet musical.

Y si ya me detona los oídos toda esa artillería cumbianchera, cuartetera y caribeña, tengo que soportar a los personajes más cargosos de todo este entuerto: los que no te pueden ver sentado. “¡¡¡Daaaale amaaarrrgo, vení a bailar!!!”, tengo que escuchar desde la pista, cuando no vienen directamente a sacarte por la fuerza tomándote de un brazo. Y no cuenta para tu currículum si durante la cena te mostraste simpático, conversador o gracioso; si no bailás, pasás sin escalas a ser el invitado más aburrido de la fiesta. No hay argumento capaz de repeler al acosador, y si lo hubiera, en ese particular contexto llevás, por lejos, las de perder. El ruido ahoga todas las palabras, y fundamentar tu postura a voz en cuello te deja afónico y rozando la ridiculez.

Al margen de los devenires de la pista y sus adyacencias, otro tema delicado es la distribución de los invitados. O sea, a qué sector del salón fuiste a parar y con quién. “Te puse en una mesa re-piola”, te anuncia días antes la novia para crearte expectativa. Expectativa, las pelotas: encontrás de cada pago un paisano, para tu asombro y decepción. Una tía solterona que se bañó en desodorante de ambientes, un ex-compañero de la secundaria del novio que sólo habla de filosofía, una vecinita del barrio que resultó ser más muda que película de Chaplin, una compañera de la “facu” de la novia que no quita la vista del celular ni que estalle una bomba, y finalmente un matrimonio vegano que conocieron los novios en sus últimas vacaciones en la India. Mejor que el menú no incluya carne o pollo porque esa pequeña reunión termina en trifulca.

Con el correr de la noche te vas resignando mansamente a tus compañeros de mesa, a las reiteradas fotos de rigor impostando alegría, a los espasmos musicales que te encarajinan la digestión, pero aún tenés que hacerle frente a otro calvario: los momentos emotivos. Se trata de efectivos golpes en el bajo vientre que apuntan directamente a ese nutrido público de lágrima fácil.
Alguien baja las luces y se escucha el soundtrack de alguna película de amor. Toma la palabra el novio. Habla luego la novia. Agradecen. Se miran. Se besan. Se tocan. Pasan un video de cuando eran purretes. Pasan otro con saludos de todos los mismos que están en el salón y que acaban de saludar a la pareja en persona. La gente llora. Aplaude. Llora. Aplaude. La fiesta alcanza su clímax, y se emociona hasta esa hija de puta que le tiró los perros al novio un par de meses antes de casarse. Divino todo.
Se produce un premeditado bache para que, por enésima vez, la gente se arrime al flamante matrimonio. En una mesa relucen varias hileras de copas de champán y es momento del brindis. ¿Alguien se tomó el laburo de contabilizar las veces que felicitó, abrazó y les deseó las mismas pelotudeces a los novios? Lo pregunto en serio, no es joda. Seguime con este cálculo:

1) Antes de entrar al Civil.
2) En el Civil (después de las firmas, claro; ya son oficialmente marido y mujer).
3) A la salida del Civil (bombardeo de arroz mediante).
4) A la salida de la iglesia (en el famoso atrio).
5) Cuando entran al salón de fiestas.
6) Durante el vals.
7) En el dichoso video.
8) Con el brindis y el corte de la torta.
9) Cuando abandonamos la fiesta.
 
Y seguramente me olvidé de alguna otra ocasión, como para redondear la decena. ¿Es necesario tanto? Lo más patético es el tumulto que se forma alrededor de la parejita feliz con el propósito de saludarlos. La excitada turba se abalanza cual moscas al azúcar o cual transeúntes frente a una promoción callejera de cremas de enjuague. Todos te empujan, te pisan y te codean porque quieren ser los primeros en estamparles un beso o un abrazo. Todos creen que de esa forma están ingresando al selecto top ten de los más íntimos.
Yo propongo que con las invitaciones te otorguen un número de orden, como en cualquier trámite municipal o bancario. Y que ese número te sirva para todos los casos mencionados arriba. Entonces vos ya sabés que sos el 5, el 17 ó el 215, por poner un ejemplo. De esa forma, ni un primo figuretti o una cuñada arpía te van a pasar por arriba. A la cola, muchachos. Qué tanto.

Reconozco que fui cruel y lapidario, pero odiaría cerrar esta delicada cuestión sin dejar en claro un par de cositas importantes. En realidad, lo que quiero proponerles a esos amigos que están por casorearse es algo así como un intercambio de favores.

Es sencillo. De mi parte, queridos tortolitos, sepan que seré el primero en apoyarlos, y que les enviaré toda la buena vibra que se puedan imaginar. Los voy a felicitar (una sola vez, je, no se hagan ilusiones), y les haré el regalo correspondiente. Sepan que, en este último ítem, no voy a esquivar el bulto. Ustedes, amiguitos míos, háganme a mí el mejor de los regalos. No es un bien material, ni tienen que desembolsar un mango. Es absolutamente gratis y, aunque no lo crean, con eso solito me van a convertir en el ser más dichoso de este planeta: NO ME INVITEN A SU FIESTA.
Y es un cubierto menos, piénsenlo así.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Qué fantásticas estas fiestas

Dentro de la variada fauna que compone a nuestra sociedad, hay muchos que consideran a las Fiestas como un contratiempo. Es decir, no son pocos los que ven a estos encuentros como un disparador de celos, rivalidades y envidias, en lugar de tomarlos como un lindo momento de alegría y festejo familiar. Y tienen sus razones. ¿Quién no ha escuchado estiletazos verbales del tipo “mi vitel thoné estaba más rico que tu ensalada waldorf”, “tu pollo estaba rancio”, “mi pan dulce estaba más fresco que el que trajiste vos” o “cómo carajo hace la trola de tu cuñadita para estar siempre bronceada”? ¿Quién no ha penado por el destino siempre incierto de los hijos casados, que son tironeados entre las familias políticas cual trofeos de guerra? De pronto y sin buscarlos, aparecen también esos cuasi parientes que vemos una vez al año y que, por lo general, nos caen más cercanos a una patada en las bolas que a un hidromasaje en los pies. “Che, le dije al primo de Josecito que viniera para Nochebuena...”, te avisa tu jermu unos días antes, “No te jode, ¿no?”, agrega. Y por más que te dé por el quinto forro, ya está, ya lo invitó. “Ta bien...”, le contestás resignado, “...pero decile que se bañe, ¿eh? La ultima vez vino con un olor a chivo que volteaba elefantes”.

El cronograma de esos controvertidos cuatro días suele presentarse enrevesado, y las “sedes” se disputan cual mundial de fútbol, o se negocian como el piso del Impuesto a las Ganancias. Todos hacen lobby a favor de unos y en contra de otros. Finalmente el borrador queda trazado así: Nochebuena en lo del tío Paco, Navidad en lo del primo Ricardo que acaba de sacar el aire en 48 cuotas, Fin de Año acá en casa, y Año Nuevo en lo de la tía Clota, que vive en el orto del mono pero tiene la Pelopincho para que los pibes, al menos, se puedan refrescar. Y se baja el martillo.

Llegan las dichosas cenas, y los minutos previos nos muestran calles más atestadas que un viernes a las 7 de la tarde. Cada ser humano o vehículo que circula por la vía pública es un delivery encubierto de ensaladas rusas, lenguas a la vinagreta o helados que llegan a destino más flojos que un yogur.
Una vez acomodados alrededor de la mesa, todos tratan de colocar su mejor sonrisa y olvidar las pequeñas rencillas del pasado. Es momento de balances, y las conversaciones giran en torno a lo que ocurrió durante el año, más bien tirando hacia la última mitad, diríamos. Es que el primer semestre parece tan lejano como el día en que murió Gardel. De los bolsos de López ya ni nos acordamos, pero aún está fresca la pelea entre los mononeuronales Fede Bal y Barbie Vélez.
Entre tema y tema no pueden estar ausentes los lugares comunes. “Cómo pasó el año, ¿eh? Cuando te querés acordar, ya estamos en Navidad”, dispara alguien para quebrar un bache de silencio y tapar el ceremonioso ruido a cubiertos. Una tía entrada en años –y en copas- pide bala para todos los chorros, mientras que un sobrino progre trata –en vano- de explicarle que los pobres delincuentes son víctimas de la exclusión social. “Esta crisis del país nos afecta a todos”, opina preocupado un tío excedido en kilos, con media pechuga de pollo danzándole entre los dientes. Los desubicados tampoco se toman licencia por las Fiestas. “Che Nico, cada Navidad con una novia nueva vos, ¿eh?”, le lanza una tía a su sobrino delante de la propia señorita, generando por unos segundos más tensión que en Medio Oriente. Y si de meter la gamba se trata, otro pariente totalmente borracho revela sin pudor una paternidad que el abuelo ocultó por más de 50 años. Mientras tanto, el calor ajusticia a la dislocada concurrencia y la abuela protesta airadamente porque no le llega el vientito del turbo.

Lo cierto es que todas las discusiones y disquisiciones quedan automáticamente freezadas al sonar la primera campanada de las 12. Como si se reseteara todo. Y más allá del infaltable pelotudo-chiquilín que se divierte apuntándote con el pico del champán antes de descorcharlo, acá surge otro pequeño inconveniente: hay tantas horas oficiales como relojes presentes. “¡Ya son las doce!”, anunciás vos eufórico. “¡¡No señooor!! faltan dos minutos”, te frena una tía que se niega a brindar hasta que “sus” agujas no se lo indiquen. “Yo ya tengo 12 y 3 minutos”, dirá un primo con la intención de pincharle la primicia al resto. Finalmente la algarabía le gana la batalla al estéril y acalorado diferendo horario y se desata el brindis. Chocan las copas –alguna se rompe-, alguien ametralla a fotos para subirlas al instante a alguna red social, y madres, hijos, primos, abuelos y vecinos se desean lo mejor para esa Navidad o para el año que acaba de estrenarse. Y no siempre debuta bien para todos. Nunca falta el niño que irrumpe llorando y con la mano bañada en sangre porque un petardo le estalló antes de tiempo. Lo que sigue es un inesperado brote de angustia colectiva hasta que el padre llama desde la guardia del hospital para avisar que, por suerte, la criatura no ha dejado ninguna falange en el camino. Zafamos...

El final de fiesta es casi siempre el mismo: la pendejada se raja a bailar o a juntarse con sus amigotes en esa especie de prime time sub 25 que arranca pasadas las 12, otros se sumergen en un raid etílico que los ayuda a olvidar que ya no están para esos trotes, y aquellos que comieron orgiásticamente quedan encallados como cetáceos que abandonó la marea. Cualquiera que se asome a la cocina verá la barbaridad de comida que sobró, y no es de extrañarse: todo se cocina para 20. Vitel thoné para 20, melón con jamón para 20, ensalada rusa para 20, pollo para 20, carré de cerdo para 20, matambre para 20, pan dulce y frutos secos para 20... En fin. Lo que seguro nunca viene –ni vendrá- para 20 es el sentido común, la mesura y el criterio.

Felices Fiestas para todos.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Los musicalizadores urbanos

Nadie puede negar que la música constituye un excelente pasatiempo. Emociona, tranquiliza, enamora, inspira, hace cantar, bailar y transporta hacia lugares mágicos e imaginarios. Podés disfrutarla a un volumen razonable en el living de tu casa, en el auto o en la oficina, o con los correspondientes auriculares en el bondi o en el tren. Como ocurre en todos los órdenes de la vida, hay personajes que desconocen estas reglas básicas de convivencia y deciden compartir su berretín musical con todo el mundo. O sea, no le piden permiso a nadie. Aquí van algunas de estas tiernas criaturas...

EL AMBULANTE
Descendiente directo de aquel homo sapiens que en los ‘80 solía subir a los transportes públicos con la doble casetera al hombro. Los avances tecnológicos han jugado a favor de él -y de su espalda- y hoy lo podés ver portando en sus manos esos celulares inteligentes que aturden más que un taller de chapa y pintura. El colectivo entero lo padecerá y guay del que se atreva a pedirle que baje un toque el volumen de ese compiladito de Don Omar o de Los Pibes Chorros. “Eeeehhhh, ¿qué te pasa, gato? ¿so’ ortiba, so’?”, te lanzará con tonito intimidatorio, mientras te mira feo por debajo de sus cejas depiladas y su gorrita de visera plana.

EL PERCUSIONISTA
Mezcla de pájaro picasesos con tortura china, este pasajero de dedos inquietos no te impone su estridente música sino que te hace viajar al compás del tamboril. Los receptores de su molesto golpeteo son casi siempre el pasamanos del bondi o el respaldo de adelante (justo donde tenés los oídos vos). En algunos casos se inspira en la pieza musical que brota de sus auriculares y en otros, el ritmo está en su imaginación. De cualquiera de las dos formas, jamás llegás a adivinar qué carajo está interpretando. Es más, al lado de este mal émulo del Negro Rada, un pájaro carpintero sonaría como Mozart o Chopin.

EL JILGUERO
Variante del espécimen anterior con una diferencia: su “arte” es ejecutado mediante pegajosos silbidos. Su hábitat es la vía pública en general, pero se hace especialmente denso en los colectivos. Es allí donde lo tenés que soportar largos minutos o, en el peor de los casos, un viajecito entero. Y siempre se acomoda al lado tuyo, como para confirmar la implacable Ley de Murphy. No le busques melodía ni afinación porque se la olvido en su casa. Sus desordenados silbidos no responden a ningún tema musical en particular, más bien va improvisando las notas sobre la marcha de acuerdo a su estado de ánimo. Lo único que sé es que este "pajarito" está pidiendo a gritos un hondazo justiciero.

EL LÍRICO
También suele tallar en los transportes públicos pero su modus operandi es muchísimo más osado que el de sus dos colegas anteriores. Ajeno a todo y con total desparpajo, este sujeto va cantando en voz alta el tema que emana de sus auriculares. La imposibilidad de escucharse a sí mismo lo hace desafinar más que un perro resfriado, y quien no lo tuviera a la vista podría llegar a pensar que le están apretando las quetejedis con una morsa. Es muy gracioso oírlo cantar en inglés, sobre todo si no caza el idioma. La escena hace que algunos pasajeros se miren entre sí con sonrisas cómplices, que otros lo observen con asco, y que otros directamente busquen en sus agendas el teléfono de algún neuropsiquiátrico. De todas maneras, yo no tomaría tan a la ligera a este personaje, a ver si en una de esas sus letras esconden mensajes satánicos.

EL DJ VIAL
Sujeto motorizado. Al revés de los pinchadiscos convencionales, su hobbie no es pasar música en un solo lugar sino llevarla por todos los barrios a bordo de su auto. Fanático del tunning, hay que reconocerle una virtud: no es egoísta y baja las ventanillas para compartir los demoledores 500 watts que brotan de su estéreo con todo el mundo. Y cuando digo todo es todo; desde la señora que sacó a pasear al perro a la vereda hasta el cadete que labura en el tercer subsuelo de un banco. Lo mejor que te puede pasar es que este sujeto desaparezca de tu vista -y de tus oídos- lo más rápido posible. Caso contrario, si te toca circular a la par de él vas a escuchar cumbia o un insoportable repiqueteo marchoso desde Congreso hasta Liniers. Y si solés ser su acompañante ni hablar; andá consultando a un otorrino porque podés quedar sordo antes de los 40.

EL LAVADOR
Nada que ver con los delincuentes de alta gama que blanquean la tarasca sucia. Simpático y querendón, a este sujeto lo vas a encontrar en los barrios de casas bajas y los domingos después de la raviolada. Generalmente ataviado con malla y ojotas, tiene una sola obsesión: la limpieza de su auto (o “carro”, como lo suele llamar entre sus amigotes). Te lo vas imaginando, ¿no? Mientras unta la carrocería una y mil veces con shampúes y siliconas, despliega su otro hobbie: escuchar música a volumen intolerable. Y si el DJ vial te baja solamente las ventanillas, este espécimen va a abrir, además, todas las puertas y el baúl. Para que la disfrutes mejor, ¿viste? Aunque para este eximio lavador no todo en la vida es música. A veces saca a relucir su pasión futbolera haciéndote escuchar el clásico del domingo. Gracias a él, en 10 cuadras a la redonda todos pueden enterarse si a River le dieron un penal en el último minuto de descuento o si el 9 de Boca se comió un gol abajo del arco.

EL INDOOR
Personaje que tiene algo de todos los anteriores pero con una pequeña diferencia: rompe las pelotas sin necesidad de moverse de su casa. Es dueño de un equipete de audio que haría la envidia de los sonidistas de Pink Floyd o AC/DC. Su hobbie lo mantiene en pie de guerra con todos los integrantes del consorcio y lleva acumuladas más denuncias al 911 que zona caliente del Conurbano. Es fácil darse cuenta cuando este sujeto está presente en su casa o departamento porque tu piso, techo y paredes se sacuden más que durante un grado 8 de la escala Richter. Encima quedás como un desprolijo porque ninguna de tus visitas te cree que tus espejos y cuadritos están siempre torcidos por culpa de este energúmeno. Ah, y preparate para cuando lleguen las Fiestas porque es de los que muda los parlantes a la vereda. Después no me digas que no te avisé.

jueves, 7 de febrero de 2013

No te olvides de posar

Quienes siguen este blog recordarán que no hace mucho atendí a los disparadores seriales, esos personajes que van por la vida con la cámara de fotos pegada al cuerpo y retratan absolutamente todo. Entre ellos estaban los gastronómicos, los referenciales, los fiesteros, los eyaculadores precoces...  Toda gente muy simpática, je.
Hace poco, visitando unos geisers en el norte de Chile, pasó algo que me llamó graciosamente la atención. En realidad una boludez. En un momento determinado, vi que varias de las tantas personas que andaban por allí se hacían tomar la misma foto y en la misma pose: las rodillas apenas flexionadas, el culo para afuera, la palma de las manos arriba del chorro de vapor y carita de placer. Más allá de advertir que cada turista iba copiando al anterior, llegué a la conclusión de que no solo existen patrones de comportamiento para los que sacan fotos sino también para los fotografiados. “Qué lindo post me voy a mandar sobre este asunto”, me dije por lo bajo y relamiéndome de placer.
Por eso, siguiendo con la temática de las fotos, esta vez voy a hacer “foco” (cuac!) sobre las distintas, reiterativas e indescifrables posiciones que adoptan aquellos que están delante del objetivo. Me refiero a los sonrientes, reflexivos y poco originales protagonistas de esas imágenes que inundan las redes sociales o son el terror de las reuniones post-vacaciones. Aquí van algunos de los personajes más comunes y sus poses.
(Aclaración: el sexo de cada personaje está adjudicado en base a una regla personal, lo que no implica que la misma pueda contemplar excepciones.)

EL AVIONCITO 1
Hombre. Su gesto es simple: cuerpo erguido, piernas juntas (no es excluyente), brazos bien extendidos en forma de alas, dedos separados y la palma de las manos mirando hacia el suelo. Esta pose puede indicar varias cosas: que quiere volar, que alcanzó el pináculo de su existencia o que después de 20 años mandó al psicólogo a la mierda. A veces suele fotografiarse en patas, idea que garpa bastante porque lo muestra conectado con la madre naturaleza. Fanático de la vida outdoor, sus escenarios preferidos son los sitios elevados y con grandes extensiones de tierra -o de mar- a sus espaldas. Solo le faltaría una espada en la mano y gritar “¡¡¡con el poder de Grayskull!!!”.

EL MESÍAS
Hombre. Bastante similar al anterior con una diferencia: este personaje coloca las palmas un poco mirando hacia el fotógrafo y otro poco hacia arriba, detalle que indica que tiene mucho para dar. En ocasiones suele aparecer sacando pecho, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás, lo que secretamente puede indicar tendencias suicidas, atenti con esto último. Al igual que el caso anterior, aprovecha los atardeceres para tapar el sol con su cuerpo y así lograr esos impactantes contraluces que suele ver en los libros de autoayuda. Si te topás con este sujeto, no dudes en acercarte: seguramente viene a la Tierra para salvarnos.

EL AVIONCITO 2
Mujer. Estamos frente a otro espécimen que se muere por volar. Se inspira en la espiritualidad reveladora del avioncito 1 pero introduce un par de cambios sustanciales: inclina los brazos y pone sus deditos apuntando al cielo. Es una de las poses más populares entre las integrantes del sexo débil e intenta expresar un gran momento de realización personal. La cabeza puede acompañar la inclinación de las “alas” o permanecer vertical, aunque da mucho más femenina esta última variante (detalle no menor si en una de esas algún varoncito quiere imitarla).

EL AVIONCITO 2 RECARGADO
Mujer. Interpreta una versión más ornamentada que la del avioncito 2, sobre todo en lo que de la cintura para abajo se refiere. En ocasiones coloca sensualmente una rodilla delante de la otra, en otras, cruza directamente las piernas, y en otros casos apoya el talón de un pie sobre el empeine del otro, aleja la rodilla y quiebra la cadera. Si el avioncito 2 se siente plena y realizada, aquí ya cree estar en la piel de una estrella de Hollywood. Advertencia: vas a tener que fumarte miles de estas fotos si alguna amiga o tu compañera de oficina volvió del Sur, de Machu Picchu o de algún otro lugar en donde cree que encontró la luz.

EL FUTBOLERO
Hombre. Su pose es archiconocida, casi no hace falta que la explique: cuerpo en cuclillas, una mano sobre la rodilla y los cinco dedos de la otra apoyados en el suelo. Su sueño siempre fue jugar en la primera de Boca o de River, aunque si mira un poco alrededor va a descubrir que le están faltando los otros 10. De todas las posiciones, es la única que le rompe las pelotas al fotógrafo porque lo obliga a agacharse también.

LA SOÑADORA
Mujer. Su pose es bastante tranqui y discreta pero no menos reiterativa. Este personaje inclina su carita hacia un costado impostando simpatía, calidez e ingenuidad. Lo hace como un acto reflejo apenas alguien amaga tirarle una instantánea. No falla nunca. Es como si la luz del autofoco le aflojara las cervicales y a la vez le transmitiera paz y felicidad. Quien no la conoce la mandaría al traumatólogo porque en todas las fotos parece que estuviera con tortícolis.

EL POSITIVO
Hombre. Cultor rabioso del pulgar para arriba, y para todo, así sea una foto en la playa, en un cumpleaños o esté a punto de renovar el DNI. Otro caso de acto reflejo. Si ya de por sí califica como un verdadero triglicérido sólido, existe una versión mucho pero mucho más nociva en la que se lo ve echando sus hombros hacia atrás y exhibiendo orgulloso su baqueteado comedor. A veces lo potencia luciendo un colorido outfit o una camiseta de fútbol sobre unas bermudas tres números más grande. Con los consabidos mate y termo en la mano, obvio. Imaginatelo con el Coliseo Romano o la Torre Eiffel de fondo. Mortal.

EL DESCONTROLADO
Unisex. Alguna vez le dijeron que posaba muy serio y a partir de allí comenzó su viaje de ida hacia el ridículo. No concibe una sola foto sin acercar exageradamente la trucha al objetivo, sacar la lengua a lo Jagger o ensayar muecas y gestos desorbitados. Su locura lo lleva a intentar todo tipo de piruetas o peligrosos ejercicios de destreza física, lo que generalmente deja a más de uno lesionado. Si a la soñadora el autofoco le afloja el cogote, a este personaje le transmite una descarga eléctrica. Y de las fuertes.

LA VEDETONGA
Mujer. Para ejecutar esta pose generalmente suma a su grupete de amigas, sola no se la banca. Este personaje coloca las rodillas semi-flexionadas y pegadas, revolea el culo para afuera, tira la cabeza para atrás y pone las manos en la entrepierna o en la cadera. A veces refuerza la idea frunciendo la boca como simulando un pico o sosteniendo su alicaída pechuga. Cree que da perra y provocativa pero en realidad parece que se estuviera meando. Esta pose se ve mucho en playas o eventos nocturnos en donde el alcohol va haciendo que cualquier bondi la deje en Flores.

EL AMARGO
Hombre. Le molestan las fotos y sale siempre con cara de sorpresa o directamente de orto. En las tomas grupales es el que se esconde, o a lo sumo aparece en el fondo y por la mitad. Las clásicas expresiones “digan whisky” y “digan cheese” suenan en sus oídos como el peor de los insultos. Admira al desaparecido Yabrán, quien declaró alguna vez que sacarle una foto era como pegarle un tiro en la frente.

LA PODÓLATRA
Generalmente mujer. De las 2.500 fotos que trae de sus vacaciones, siempre vas a tener que fumarte 20 o 30 primeros planos de sus pies con algún paisaje detrás. Ese telón de fondo puede ser la pileta de un spa, una playa caribeña o el borde de un precipicio para que, en este caso, vean lo temeraria que es. Sus bellas extremidades suelen aparecer solas o acompañadas de algún otro par de piececitos amigos. Si son de un hombre genera más envidia e intriga, sobre todo si la fulana viajó en plan de soltería. Si decidís imitar a este espécimen no hace falta que te diga que tenés que viajar con las patas en condiciones. Nada de hongos ni uñas encarnadas. Andá pidiendo turno con el pedicuro para no pasar un papelón.

Así es la cosa, estimados amigos. Me detengo aquí pero en el tintero quedaron personajes como el galán, el choborra, la mandona, el gatienzo... Y debe haber muchos especímenes más con los que todavía no he tenido el agrado de cruzarme. Parafraseando a esa conocida expresión popular, en este post no están todos los que son... pero sí son todos los que están!!! Y bien merecido lo tienen estos verdaderos profesionales en el arte de “mirar el pajarito”.