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domingo, 8 de agosto de 2010

Amabilidad trasandina (otra pequeña historia de viaje)



En general suelo incomodarme cuando, sin ningún fundamento, alguien se larga a hablar pestes de nuestros vecinos limítrofes, en especial de los chilenos. No voy a negar que la “pica” y la rivalidad con nuestros hermanos trasandinos existe, pero también la solidaridad. En mis casi 20 años de cruzar la cordillera puedo asegurar que jamás he tenido un problema y hasta me han sacado de un apuro en más de una oportunidad. Esta insólita anécdota ocurrida en febrero del año pasado es una prueba de ello.

La carpa amaneció empapada. Por fuera y por dentro. El lago Rupanco había sido castigado por una feroz tormenta, primero de viento y luego de agua.
Sandra y yo habíamos aterrizado en el extremo sudoriental del lago después de completar con éxito la travesía de las Termas de Callao. Fueron 3 días de una caminata que tuvo su inicio en el lago Todos los Santos, dentro del Parque Nacional Pérez Rosales, en la X Región. Marcha tranquila, sin grandes sobresaltos.
Y la mala noticia no era sólo la persistente lluvia, si no que debíamos seguir caminando. Doce kilómetros nos quedaban hasta Puerto El Poncho, un caserío desde donde salía un bus con destino a Osorno. Los datos de los lugareños más o menos coincidían: el único servicio diario partía a eso de las 15. También nos enteramos que esa punta de kilómetros se podían cubrir en una lancha pública. Claro que justo ese día no funcionaba.
“Doce kilómetros bordeando la costa deberían ser ‘pan comido’. Levantando campamento a las 10, a eso de las 2 de la tarde llegamos cómodos”, coincidimos con Sandra. Y hacia allí salimos...


La senda, en rigor a la verdad, no tenía nada de complicada, pero caminar bajo la lluvia no era lo que se dice un ejercicio agradable. Los pies comenzaban a mojarse y el frío subía por el cuerpo sin encontrar focos de resistencia.
A lo largo de esa húmeda marcha atravesamos decenas de propiedades privadas, algunas convertidas en chalets de veraneo y otras de pobladores locales. Debíamos estar atentos porque ya a esta altura no había senda única. Cualquier distracción podía mandarnos a alguna sucursal de “plumas verdes” y, lo que era peor, retrasar nuestra llegada a Puerto El Poncho.

A las 3 horas de marcha la huella se hizo ancha y comenzamos a ver los primeros autos. Al ratito aparecimos frente a un obrador en el cual estaban terminando de construir un puente. Lo cruzamos y allí nomás recibimos un baldazo de agua más fría que la que se descolgaba del cielo. Unos tipos que venían en una camioneta en sentido contrario nos avisaron que no íbamos a poder continuar: un derrumbe en la montaña había cortado el camino. Tragamos y les explicamos que igual estábamos acostumbrados a meternos en lugares no precisamente transitables. “Imposible”, afirmaron ante nuestra insistencia, “...la única manera de llegar es por el lago. Van a tener que conseguir a alguien que los lleve en lancha”, concluyeron tajantes. Tragamos de vuelta.
“¿Dónde carajo conseguimos una lancha en este lugar y con este día?, fue la primera pregunta que nos hicimos una vez que los tipos se fueron. Ya totalmente empapados miramos desahuciados a nuestro alrededor. El entorno no era alentador. En el fondo sabíamos que la cosa era mucho más grave de lo que parecía. Muchísimo más. Es que, a decir verdad, no solo perderíamos el bus a Osorno si no que podíamos perder también el micro a Buenos Aires, que salía a las 9 de la mañana del día siguiente desde Puerto Montt. Tratamos de no pensarlo y de buscar una solución.


Antes de salir a pedir ayuda hacia algún lugar, nos acercamos a un portón detrás del cual, un camino rodeado de bosque parecía bajar hasta el lago. “Esto me huele a propiedad privada con embarcadero, tirémonos un lance”, le dije a Sandra. El portón estaba sin llave y entramos.
A los pocos metros nos topamos con una hermosa casa de veraneo. Nuestra pinta de cirujas no era la mejor, pero confiábamos en nuestra labia. Tocamos la puerta y salió una mujer con uniforme de empleada doméstica. Le explicamos de dónde veníamos y cuál era nuestra “flamante” -y desgraciada- situación. Avisada por ella, al instante apareció la dueña de casa y detrás su marido. Ambos orillaban los 60 años y parecían ser de clase media acomodada. Volvimos a repetir el mismo speech con lujo de detalles: “que venimos caminando hace 4 días desde el lago Todos los Santos...”, “que cerca de aquí hubo un derrumbe...”, etc, etc, etc... El matrimonio nos observaba con extrañeza pero con atención. O estaban esperando que termináramos con toda esa “sanata” para echarnos a tiros o realmente estaban dispuestos a darnos una mano. Siempre sostengo que en estos casos conviene ser educado, respetuoso, preciso y mostrarse confiable. Además, incluir el relato de una travesía en la cordillera le aporta humor, romanticismo y un poco de locura a la cosa, lo que nos hace más creíbles y “en teoría” inofensivos.
La cuestión es que algo se dijeron entre sí y nos hicieron pasar al interior de la casa. Ya era un signo positivo. Atravesamos la cocina, volvimos a salir al exterior y nos guiaron hasta una especie de cabaña para huéspedes. “Quédense aquí calentitos que mi marido va a ver qué podemos hacer”, nos dijo la mujer. Entramos tratando de hacer el menor ruido posible y de no voltear ningún adorno con las mochilas. “Si quieren dejen sus cosas mojadas aquí...”, volvió a insistir señalando lo que sería la cocina. “...Ah, y acá tienen el baño por si desean darse una ducha”, concluyó antes de irse. Con Sandra nos miramos con un gesto de absoluta incredulidad. Es que no entendíamos cómo alguien podía meter en su casa a dos desconocidos empapados, uno de ellos con barba de 5 días y enfundado en un gorrito de polar al mejor estilo “pibe chorro”. ¡¡Y encima argentinos!! Algún encanto debíamos tener, pensamos convencidos. “Buena vibra”, como le dicen ahora.

La cabaña lucía cálida y confortable. Decorando las paredes había cuadros y diplomas de safaris y vuelos en globo. Desde el ventanal se veía una pequeña playa, un muelle con un par de lanchas y detrás la inmensidad del Rupanco. Era tal la mugre que teníamos encima que me pareció un atentado sentarme en esos sillones tan pulcros. Según alcanzamos a entender, el dueño de casa no movería la lancha sólo por nosotros; al parecer aprovecharía para llevar también a su hija, a su yerno y a las pequeñas hijas de ambos.
Mientras contemplábamos el lago y pasábamos el tiempo entre cavilaciones, volvió a entrar la empleada doméstica, esta vez con otra sorpresa: ¡¡una bandeja con café y galletitas!! Ya eran demasiadas atenciones para dos personas que se conformaban con salir de allí aunque sea en un barquito de papel. Disfrutando de ese café caliente, recordamos con risas el penoso desayuno de aquella mañana fría. Nuestra garrafita había quedado fuera de combate y apenas pudimos entibiar el agua encendiendo dos ramitas húmedas. No hay duda de que la vida y los estados de ánimos del aventurero son absolutamente cambiantes.
La señora nos vino a buscar y salimos hacia el embarcadero. El tiempo todavía estaba malo pero parecía aclarar. Allí conocimos a la hija del matrimonio, a su marido y a los niños. Trepamos todos a la lancha y partimos. La joven familia se bajaría antes que nosotros y el matrimonio nos acercaría hasta Puerto El Poncho para, de paso, hacer algunas compras.
Llegamos a destino y nos despedimos. Por el lado nuestro, no nos alcanzaban las palabras de agradecimiento. Por el lado de ellos era todo naturalidad; quizás fuese un favor más de esos que acostumbran hacerse quienes viven en parajes tan aislados. Algo común pero al mismo tiempo difícil de comprender para los que venimos de la ciudad.
Pisamos tierra firme todavía algo shockeados. Y no era para menos; unos completos desconocidos nos acababan de solucionar un problema y no sé qué hubiese pasado de no haber dado con ellos. Tal vez hubiéramos encontrado a otros. Imposible saberlo.


Desde Puerto El Poncho, otro matrimonio chileno nos llevó en su camioneta hasta un desvío (seguíamos abusando de nuestro “carisma” y encanto) y allí finalmente nos quedamos a esperar al bus que se dirigía a Osorno. El cielo se despejó definitivamente y aproveché ese enorme y preciado calor para secar la carpa, que en la desprolijidad de esa mañana habíamos guardado sucia y llena de agua.

Lamentablemente, el paso del tiempo hizo que olvidara el nombre de aquella amable familia del lago Rupanco. Mientras termino de darle forma a esta historia, hago un último intento pero no hay caso. Debería haberlo anotado. De todas maneras, si en algún momento se encontraran de casualidad con este relato, aprovecho para hacerles llegar nuevamente aquellas mismas dos palabras: MUCHAS GRACIAS.

miércoles, 10 de junio de 2009

La leyenda de "El Moreno"


Este relato podría encajar mejor en mi blog de viajes, pero elegí mostrarlo aquí porque trasciende lo turístico, lo geográfico y lo deportivo. Habla de un personaje muy especial que, durante un puñado de días, nos iba a dar una verdadera lección de cariño y amistad.


El puesto de Gendarmería "El Manso", ubicado por aquel entonces en la margen norte del río homónimo y sobre el límite sur del Parque Nacional Nahuel Huapi, no era un lugar muy concurrido. Tal vez por eso los militares allí destinados nos despidieron con simpatía. Acaso les debió causar asombro que tres personas -Gabriela, Casi y yo- utilizaran sus vacaciones para cruzar a Chile con 20 kilos en la espalda cada uno. Y no exagero. "El paisaje y la experiencia superan cualquier sufrimiento", estoy acostumbrado a pontificar entre curiosos y detractores. Pero dejaré esta controvertida cuestión para otro momento.

Ni bien reanudamos la marcha un perro comenzó a seguirnos. Se nos unió, sería la expresión correcta. Nada anormal en estas comarcas donde es costumbre transitar dentro de chacras y campos privados. El animal se veía robusto, no parecía vagabundo. Tenía un aire a ovejero alemán, pero con cabeza ancha y más bien retacón. De nada sirvió ahuyentarlo con los bastones para que no se alejara de su supuesto amo y perdiera el camino de regreso. A decir verdad, no figuraba en nuestros planes cruzar a Chile con una mascota, pero, al parecer, el animal así lo decidió. Y no era cuestión de contrariarlo. "Ya se cansará", vaticinábamos despreocupados. Falsa presunción; los futuros hechos nos demostrarían lo lejos que estábamos de la inexplicable y sorprendente realidad.

La lluvia que nos había sorprendido la primera noche en el paraje fronterizo de El León, no impidió que el pichicho durmiera acurrucado junto a nuestra carpa. Y fue todo una señal; nos dio la certeza de que nos iba a seguir a donde y como fuera. Lo aceptamos. Soy de los que sostienen que un animal trae menos disgustos que un ser humano.

Con el correr de los días fuimos descubriendo detalles interesantes en el comportamiento de nuestro flamante compañero de ruta. Ya habíamos tenido una primera pista sobre su identidad gracias a un lugareño que nos cruzó de manera casual en la frontera. "¡¡Es 'el Moreno'!!", había exclamado con asombro y entusiasmo al ver al perro. Según le alcanzamos a entender, se refería a un animal que se había esfumado misteriosamente tiempo atrás. Nada más que eso. O nada menos.

"El Moreno" era un dechado de educación. Jamás se atrevía a tocar nuestra comida durante la ceremonia del almuerzo o la cena. El tipo permanecía en un segundo plano observándonos y sólo lo hacía al recibir la autorización. Y no le hacía asco a nada.
Tampoco entraba a lugares cerrados. Toda vez que ingresábamos a alguna vivienda, nuestro amigo de cuatro patas aguardaba silencioso y obediente en la puerta. Por las noches se apostaba a los pies de la carpa y de día velaba por nuestra seguridad y nuestras pertenencias. Como en aquella oportunidad en la que echó a mordiscones en la cola a un chanchito que amenazaba con hincarle el diente a una bolsa con comida.
Su método de marcha era curioso. Por momentos caminaba junto a Casi, por momentos junto a mí, y finalmente se arrimaba a Gaby. Y nos observaba. Como si estuviese analizando nuestros estados de ánimo. Como si nos fuese custodiando un rato a cada uno o hubiese sido entrenado para escoltar rebaños, aunque en este caso se tratase de humanos. En una ocasión, tras olfatear algo raro en el aire, desapareció en un oscuro y cerrado cañaveral. Escuchamos una especie de escaramuza, y al instante vimos salir de la espesura a un asustado pudú(1), seguido detrás por el inefable y combativo Moreno. Las vacas, que cada tanto nos obstruían la senda, también eran víctimas de la severidad de nuestro perro. En una de sus ruidosas "apretadas" para despejarnos la ruta sucedió algo gracioso. Una de las vacas se le retobó, y en una repentina inversión de roles comenzó a correrlo a él. La escena de los dos animales girando alocadamente alrededor de un árbol, sin saber quién perseguía a quién, hubiese encajado de perillas en algún film de Mel Brooks. "Se me complicó", habría pensado con susto el pobre Moreno.


Pero lo más conmovedor sucedió el día en que decidimos visitar la orilla sur del caudaloso y encajonado río Manso. Conmovedor en serio. El sistema para cruzar el río tenía algo de ejercicio acrobático y parque de diversiones: debíamos treparnos a una especie de canasta-cablecarril para dos personas, suspendida a unos cuantos metros de la superficie del agua e impulsada por uno mismo gracias a una palanca de hierro. El curioso aparato no funcionaba sin un cristiano arriba, de manera que debíamos cruzar dos y volver uno a buscar al tercero. Y que no se cayera al agua la palanca porque había que llamar de urgencia a Gendarmería o a Carabineros. Lo cierto es que el fiel Moreno, al ver angustiado que nos mudábamos a la margen opuesta sin él -era riesgoso para el perro y para nosotros-, se largó barranca abajo abriéndose paso entre las cañas, y con gran decisión se jugó a cruzar el río. Mientras pendulábamos del cable, veíamos azorados cómo ganaba la otra orilla a brazada limpia a pesar de la corriente. La garganta se nos estrechó en un nudo, y creo que nos obligó replantear seriamente el significado que hasta ese momento tenía para nosotros la palabra amistad.

La senda, días más tarde, devino en ruta, y una camioneta que pasaba por allí nos llevó rápidamente -Moreno incluido- hasta la cabecera sur del lago Tagua Tagua. En minutos debíamos subir a un pequeño transbordador que nos cruzaría hasta su extremo norte y, noche en Río Puelo mediante, tomaríamos un bus que nos depositaría finalmente en la ciudad de Puerto Montt.
¿Qué hacemos con el perro?, era la pregunta del millón. Imposible era cargarlo más allá de aquel lugar sin una serie de trámites que ninguno tenía en sus planes realizar. Cerrábamos nuestra excursión en la montaña envueltos en un inesperado dilema moral -y sentimental- que no admitía demasiadas alternativas. Mejor dicho, admitía una sola, para desgracia del animal.

“¡¡Es ‘el Moreno’!!”, reaccionó sorprendido uno de los militares destinados en la zona del lago, al vernos aparecer junto al perro. Su versión de la historia no difería de la escuchada días atrás en la frontera: el popular animal había partido de allí hacía algunos años detrás de un mochilero solitario, abandonando a su antiguo dueño. Le pedimos al oficial que al marcharnos se encargara de él.

Zarpamos. El transbordador se apartaba lentamente de la costa, y nuestros ojos se humedecían de tristeza al ver como nuestro fiel compañero luchaba por escapar del lazo que lo sujetaba para que no se arrojara de manera casi suicida al agua. En otra ocasión ya lo había hecho, pero acá tenía por delante al inmenso lago y jamás alcanzaría a la barcaza. Lo vimos saltar y retorcerse enloquecido hasta que una saliente de la costa nos cubrió la escena como el telón de una obra de teatro.

Acodado a la fría baranda de la balsa, vinieron a mi mente como un flashback cada una de sus demostraciones de fidelidad y cariño. La espantada a las vacas, su admirable educación, su valentía al animarse cruzar el río Manso...

Ya pasaron ocho años, y aún hoy me sigo haciendo preguntas sobre la actitud, el origen, la misión o la identidad de "el Moreno". ¿Sería un perro vagabundo? ¿Buscaría un amo? ¿Nos habría tomado cariño? ¿Andaría perdido y nos usó de guías para regresar a su terruño? ¿Buscaría alimento? Misterio.
Sólo estoy seguro de algo: una travesía en la soledad de las montañas siempre trae de la mano una considerable dosis de peligro. Prefiero quedarme, entonces, con la idea de que "el Moreno" ha sido durante ese puñado de días nuestro Angel de la Guarda.


(1) Ciervo pequeño, de aproximadamente 35 cm de altura, que habita en los bosques de los Andes.

lunes, 28 de abril de 2008

Una mujer de principios


Ya desde los comienzos de aquella recordada estadía en el Noroeste argentino, Rita iba camino a convertirse en "el" personaje de las vacaciones. Y a paso firme, confinando a un segundo plano a mis otras dos compañeras de viaje, Gaby y Pato. Razones había y para todos los gustos.
Para empezar, Rita no era Rita. Ocurre que esa tendencia natural -y a veces cruel- de los humanos a poner sobrenombres a partir de algún episodio gracioso o desafortunado, a nuestra amiga Gabriela la marcó para siempre. Lo ocurrido en aquel hostel de la ciudad de Salta, sin querer trastocó su identidad. Es que más de uno que la hubiera visto irse a la cama ataviada con ese impecable camisón de raso brillando bajo su alborotada cabellera carmesí, la hubiese apodado "la Hayworth". Despojada, eso sí, del glamour hollywoodense. Convengamos que en un reducto para mochileros, no era su pretenciosa elegancia lo que shockeaba sino el contraste. De todos modos, esto fue lo menos importante.

Rita tenía un extraordinario talento natural para llamar la atención. Con cualquier cosa. Ya sea a través del furcio desopilante o dejando traslucir conductas que poco hacían en favor del buen funcionamiento del grupo. Más bien nada, me animaría a decir con respecto a esto último.
Voy a ir directo al meollo de la cuestión: a Rita la perdían las artesanías, y de una manera inimaginable. Planteado en estos términos, era de suponer que esta bella región de nuestro país representara para ella algo así como Disneylandia, el Edén o la Tierra Prometida. O las tres cosas juntas. Y hasta acá, todo bien; nadie discute que los gustos, las debilidades y las costumbres son asuntos de cada uno. Lo inaceptable es cuando empiezan a imponerse con descaro sobre los de los demás.

Los pueblos de Cachi, Seclantás, San Carlos, Cafayate, Tafí del Valle y la mismísima capital de Salta fueron testigos de su avidez por coleccionar souvenirs, de su voracidad por escudriñar negocio por negocio, vasija por vasija, poncho por poncho, mate por mate, telar por telar y llaverito por llaverito. Sin mencionar las piedritas que, con esmero, recolectaba por el camino y escondía bajo las alfombras del auto. Un informal y casi rutinario paseo de compras que al resto nos demandaba no más de media hora -y ya sobre el final del viaje ni siquiera eso-, a ella le ocupaba mañana o tarde completa. Recorría de cabo a rabo -con nosotros a cuestas, por supuesto- la calle o la plaza principal de cada pueblo. Con
speech educativo incluido: "que este es queso campero", "que este es queso serrano", "que esta vasija es de mala calidad", "que las mejores son las de no sé qué lugar"... Se aprendía mucho al lado de ella, visto desde un lado positivo. Había que ver si figuraba en nuestros planes incorporar tanto conocimiento.
Cuando el deber cumplido nos encontraba, al fin, a bordo del auto y con el motor en marcha, ella volvía a escuchar el irresistible llamado de otra tienda de artesanías. Muy a pesar de los bocinazos de advertencia y de los insultos de rigor. Y paradójicamente, el vehículo constituía su fiel salvoconducto. Sabía pícaramente que yo era incapaz de dejarla abandonada en medio de los Valles Calchaquíes y con lo puesto, o hacerla dormir bajo las estrellas en las ruinas de los malogrados indios Quilmes. En ese sentido competíamos en desigualdad de condiciones. El poderoso no debía abusarse del débil. Aunque, en este caso, el débil se esforzaba día a día para merecer un atronador escarmiento.
En algún momento y para fomentar -mejor dicho restablecer- la buena convivencia, implementamos un sistema de libertades individuales en el cual cada uno haría su vida, y a una hora prefijada nos reencontraríamos frente al auto para seguir viaje. Rita, por supuesto, se pasaba ese bien intencionado sistema por su mítico camisón de raso, por no usar una expresión más grosera. Con paso lento, aparecía recién cuando terminaba de inventariar el stock artesanal del pueblo de turno. Y guay del que se atreviera a ponerle límites. Yo era, según su particular visión, una especie de tirano que no le permitía dar rienda suelta a sus inquietudes artísticas. No sé si calificaba como tirano, pero mi papel se acercaba cada vez más al del recio Glenn Ford en la película "Gilda". Por lo de la memorable cachetada a la verdadera Rita.

Así las cosas, llegamos con cierto fastidio acumulado al hermoso pueblo quebradeño de Purmamarca. Nuestra versión apócrifa de la Hayworth se había convertido en una criatura ingobernable, y sólo su veta humorística -hay que reconocerlo, nobleza obliga- la mantenía aún en la categoría de personaje querible, la alejaba del cadalso.
La plaza era una gigantesca feria de artesanías a cielo abierto y los negocios que la rodeaban tampoco se quedaban atrás. No hace falta a esta altura que lo diga: nuestra amiga estaba en el mejor de los mundos y esta vez la respetamos, nos "olvidamos" de ella por un rato y salimos a caminar por detrás del Cerro de los Siete Colores a través de una huella que se alejaba del pueblo y se internaba en las montañas. Queríamos ver algo más que jarros, jarritos y jarrones. Queríamos empezar a rebelarnos.
Cual simpática burla del destino, en medio de ese entorno salvaje, colorido y solitario nos topamos con un niño que, sentado junto a un puñado de artesanías desparramadas sobre una manta, esperaba paciente el paso de los pocos turistas que solían aventurarse por allí. Reconozco que en otro contexto más urbano este pequeño y su mercancía hubiesen pasado inadvertidos, pero el hecho de verlo en ese descampado y bajo ese sol impiadoso nos impulsó a comprarle algo, a realizar la buena acción del día.
"¡Mirá si estuviera Rita!", imaginamos en voz alta con una inocultable sonrisa, demostrando que hasta con sus defectos se hacía difícil no evocarla.
Reanudamos la marcha trepando por una suave cuesta, y cada vez que revisábamos nuestra retaguardia para admirar el paisaje desde las alturas, allí lo seguíamos distinguiendo al niño. A cada paso que dábamos, más chiquito, a cada paso, más solitario.
Sin embargo, a lo lejos se acercaba otra persona, quizás otro turista, quizás otro ocasional cliente.
"¿No será Rita, che?", arriesgó una de las chicas en broma. "¡Sí, me parece que es ella; al menos camina como ella!", volvió a insistir eufórica al observar con mayor atención. Sinceramente no me la imaginaba dándole un recreo a su obsesión por el merchandising telúrico para venir a "perder tiempo" entre montañitas de colores. Pero debíamos otorgarle el beneficio de la duda. Con el zoom de mi cámara fotográfica pudimos estudiar con más detalle a esa silueta que se aproximaba al improvisado puesto de artesanías. Y sí... de acuerdo al pelo, a la forma de caminar y a la ropa parecía ella, nomás.
"Esto se aclara muy fácil y rápido...", me adelanté yo; "...Digamos que hasta ahora existe un 90% de probabilidades de que sea Rita. Si llega a pararse en lo del pibe... ¡¡es Rita!!", concluí como planteando un juego de lógica en medio de la aridez de la pre Puna. Es decir, sumatoria de coincidencias: "si tiene orejas de perro, olor a perro, y ladra como un perro, es un perro", asegura una famosa regla aplicable a cualquier situación, y seguramente también a ésta.
Sin embargo, algo debe haber fallado porque, para decepción de todos, la supuesta Rita pasó de largo. Tragamos saliva desorientados. ¿Era o no era?
Con el correr de los minutos confirmamos que efectivamente se trataba de ella y retrasamos la marcha para permitir que nos alcanzara. Nos carcomía la curiosidad. Nos salíamos de la vaina por conocer el motivo por el cual, no solamente no se detuvo, si no que además lo ignoró. Menudo detalle, este último.
Apenas la tuvimos a tiro la interpelamos casi a coro.
"A vos te pasa algo...", le lanzamos a modo de recibimiento con tono de pregunta-afirmación. "No, ¿por?", respondió sorprendida mirándonos de a uno por vez y guardando cualquier tipo de recriminación -no tenía derecho- por haberla abandonado en la plaza de Purmamarca. "¿Qué pasó, entonces, que no te paraste allá abajo en el puestito de artesanías del chico?", sonó más como reto -por antecedentes debía haberlo hecho- que como pregunta sembrada de ironía. La respuesta de la inefable Rita no se hizo esperar ni un segundo; ni medio, diría yo: "Estoy en contra de la explotación infantil", concluyó indignada.

viernes, 15 de junio de 2007

El polvo puede esperar

Un poco de recuerdos no viene mal...

Corría el lejano 1979. Yo tenía por entonces 18 años, y hacía mis primeras armas tenísticas representando al Club de Empleados de Seguros, ubicado en la localidad bonaerense de Moreno.

Un día del mes de julio, el secretario de deportes me atajó en el medio del restaurant del club para darme una agradable e inesperada noticia: había sido elegido, junto a 3 jugadores más, para disputar una especie de match desafío en la ciudad de Mar del Plata. Considerando que apenas si me daba la cara para jugar un interclubes, me sentía como si hubiese sido convocado para la Davis. No cabía en mi cuerpo. La fecha del evento sería el fin de semana largo de agosto, y junto a nosotros viajarían las delegaciones de unos cuántos deportes más.
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Durante los días previos al viaje nos fuimos enterando que nuestros rivales, como en las demás disciplinas, serían también empleados o gente relacionada con el gremio de Seguros de Mar del Plata. Mi fantasía tenía una imagen bien concreta: jugar en el court central del Club Náutico de Mar del Plata, allí donde se inició el gran Guillermo Vilas, mi ídolo máximo y al cual le copiaba desde peinado y vestimenta hasta su forma de jugar. Me imaginaba calzándome la vincha y pegando zurdazos con top-spin ante la admiración de propios y extraños. Era como si un humilde sacerdote de pueblo vislumbrara la posibilidad de dar misa en El Vaticano. Y en realidad esto era un simplismo de mi parte; como si no supiera -o no quisiera saber- que en "La Feliz" existían otros reductos de polvo de ladrillo, menos exclusivos y más acordes a lo doméstico del match. En fin, cosas de adolescente ilusionado.
Viajamos en micro chárter hasta "La Perla del Atlántico" y nos alojamos en uno de los hoteles que el gremio de Seguros tiene en Punta Mogotes. Mis compañeros de tenis eran Gustavo, Javier y Néstor. Los dos primeros eran más o menos de mi edad, y el último algo más veterano. Con Gustavo teníamos cierta amistad y formábamos una pareja de dobles casi imbatible.

Al llegar el ansiado día del partido nos cargaron en el micro y, junto al resto de las delegaciones, partimos nerviosos rumbo a nuestro compromiso. El vehículo tomó rápidamente la costanera Martínez de Hoz y enfilamos hacia la zona del puerto, o sea, donde estaba -y está- el club Náutico.
Pero al Náutico lo pasamos de largo.
"Che, ¿a dónde nos llevan?", les pregunté algo confundido a mis compañeros. "Ah, ahora caigo... primero deben llevar a las otras delegaciones y después vuelven a dejarnos a nosotros", supongo que habré explicado esperanzado. Lo único que sé es que el micro se sumergió en pleno centro de Mar del Plata y comenzó a dar vueltas hasta marearnos.
Cuando no quedaba ya calle sin conocer nos detuvimos frente a un edificio con pinta de cualquier cosa menos de club de tenis.
"¡Los de teniiiis...! ¡Abajoooo!", se escuchó desde adelante. Reinaba una mezcla de incipiente desazón y misterio.
Entramos al edificio con bolsos y raquetas y nos metieron en un ascensor. ¿Una cancha de tenis en la terraza, tal vez? ¿Algo como lo que harían 25 años más tarde Agassi y Federer en el Burj Al Arab de Dubai?
El ascensor se detuvo en el segundo o tal vez en el tercer piso, ya no recuerdo. Bajamos y enfilamos hacia una especie de gimnasio cerrado con piso de parquet, y las consabidas canchas de voley y básquet dibujadas sobre él. Pero el enigma terminó de develarse cuando vimos a un par de tipos pintando encima una tercera cancha:
¡¡¡¡LA DE TENIS!!!! Y lo más insólito aún: al vernos llegar, los "pintores" largaron la brocha gorda y, con las manos un poco manchadas, se presentaron... ¡¡¡como nuestros rivales!!!
Con las ilusiones deshechas y la pintura todavía fresca salimos a jugar el primer dobles Gustavito y yo. Pelotear sobre ese piso de madera lustrada era imposible. Al picar, la pelota experimentaba tal patinada que impedía adivinar su trayectoria posterior. Cada raquetazo revoleado al aire nos hacía sentir extremadamente torpes y tiraba por la borda largos años de frontón y entrenamientos. Como se dice en la jerga tenística, era un partido para "saque y volea". Lástima que, en
mi caso, sólo me acercaba a la red al final y para dar la mano. Nuestros rivales tenían un estilo bastante rudimentario, pero parecían haberle encontrado la vuelta a la superficie. No me extrañaría que hubiesen estado practicando antes de que llegáramos, los muy pícaros.
Un partido que, en polvo, hubiésemos resuelto con un relajado y categórico 6-1/6-1, terminó también en victoria nuestra, pero con un apretado y trabajoso 6-4/6-4. No tuvieron la misma suerte luego Javier y Néstor, quienes perdieron ahí nomás con otros dos "especialistas en parquet".

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De esta manera culminaba nuestra aventura deportiva en Mardel. Dejando de lado lo tenístico, aquellos tres días fueron inolvidables: el viaje en micro, los momentos con amigos, la camaradería, las salidas, las noches en el hotel... Mi ilusión de jugar en el Náutico quedaba finalmente desterrada, pulverizada; aunque haciendo un racconto de todo lo que me dio luego el tenis a lo largo de los años, creo que no hubiese sido tan importante.

lunes, 10 de abril de 2006

Puta suerte (en boca cerrada...)


Estaba visitando con mi amigo Andrés las ruinas mayas de Palenque, en el estado mexicano de Chiapas y, como a la mayoría, se nos ocurrió trepar el imponente Templo de las Inscripciones. La pirámide estaba coronada por un altar en forma de galería desde el cual se dominaba casi todo el conjunto de edificios históricos. Nos sentamos en el último escalón y nos dedicamos a observar el paisaje de ruinas y selva. Entre los turistas que se paseaban allá abajo nos llamó la atención una blonda y solitaria señorita cuya musculosa y apretados shorts le marcaban una silueta más que interesante. Con el zoom de mi cámara comenzamos por turnos a seguir de cerca su andar y a elogiar a viva voz su trasero, hasta que alguien interrumpió nuestro pasatiempo. "Ese culo es el de mi esposa", nos gruñó en perfecto castellano y con aire desafiante un corpulento sujeto que permanecía cerca nuestro desde hacía un rato. El personaje parecía decidido a ir por más si alguno de los dos se paraba y lo enfrentaba. Maldijimos por dentro nuestra extraña mala suerte y le pedimos disculpas. No estábamos dispuestos a estropear nuestras vacaciones por un paparulo que sintió violentado su orgullo por una cámara de fotos.